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Esta obra describe el descubrimiento y la azarosa conquista del inmenso lago; la labor evangelizadora de los primeros misioneros jesuitas con sus trágicos avatares; los esfuerzos de científicos heroicos que procuraron profundizar el conocimiento geográfico del lugar; la ocupación militar de la región; la controversia del límite con Chile y, finalmente, el periodo de colonización y afincamiento de la actual población de San Carlos de Bariloche. |
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Capítulo III |
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Benjamín Muñoz Gamero intenta llegar al lago, La obra de Vicente Pérez Rosales, Francisco Fonck y Fernando Hess llegan al Lago Nahuel Huapi, Guillermo E. Cox recorre la zona y naufraga en el Limay, Araucanización de la Patagonia, Mariano Bejarano prepara la ocupación militar, Francisco P. Moreno, primer blanco que llegó al lago desde el Atlántico, Segundo viaje de Moreno. Prisión y fuga. |
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Capítulo IV
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El indio y la integridad nacional. - Organización de la Campaña (1879). - Sayhueque gobernador de las manzanas. - Expedición al gran lago Nahuel Huapi (1881). - El 2 de abril de 1881 las tropas nacionales llegan al lago. - La solemne formación del 10 de abril. - El subteniente Alberto M. Biedma explora el lago y naufraga en el Limay. - Regresan las brigadas (abril de 1881). - La obra de los Salesianos. - La escuadrilla del Río Negro. - Campaña de los Andes al sur de la Patagonia (noviembre 1882-abril 1883). - Navegación del Limay. - Fortín Chacabuco. Persecución de Sayhueque. - El Tte Jorge S. Rohde busca el paso de Vuriloche. - Finaliza la campaña. - Expedición del Tte Co Lino O. De Roa (dic. 1883-enero 1884). - Navegación de la Modesta Victoria (1883-1884). - Fin de las operaciones. Campaña del Co Lorenzo Vintter (1883-1885). - El ocaso de los caciques. |
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Capítulo V
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- Origen del litigio.- Primeros tratados. - El tratado de 1881. - Dificultades para aplicar el tratado. - La convención de 1888. Se nombran peritos. - Protocolo del 1º de mayo de 1893. - Acuerdo Guerrero-Quirno Costa (1896). Se acude al arbitraje. - Francisco P. Moreno. Perito por la Argentina. - Primeros viajeros. - Viaje de Moreno enviado por el Museo de La Plata (1896). - Francisco P. Moreno, perito argentino en Santiago de Chile (1897). - Actuaciones de las subcomisiones 4ª y 7ª (1897-1898). - Chile y Argentina fijan sus líneas fronterizas (1898), 132. - Se fijan hitos fronterizos (1898-1901). - Se concreta el arbitraje. - Chile construye caminos en zonas litigiosas (1901-1902). - Los pactos de mayo de 1902. - La misión Holdich (1902). - Laudo arbitral de Eduardo VII (1902). - La comisión demarcadora (1903). |
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Capítulo VI |
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- Políticas de poblamiento. - Primeros pobladores. - Pioneros. - Visitas de científicos - Don Carlos Wiederhold. - La población de San Carlos. - José Luis Pefaure, primer juez de paz. - Policía. - Llegan el correo y el telégrafo. - Primeros vecinos. - Vías de comunicación. - Aaron Anchorena, pionero del turismo. - Primeros hoteles. - Hube y Achelis, sucesores de C. Wiederhold. - Fundación de San Carlos de Bariloche. - Guarnición militar. - La obra de Primo Capraro. - La Chile Argentina. - La pisicultura. - La estación meteorológica. - La obra de los Salesianos. - Primeros médicos. - El Hospital. - Farmacias y farmacéuticos. - Primeras escuelas. - La misión Bailey Willis. - Accesos. - Comienza el turismo. - El Bariloche de los años 20. - Origen del Parque Nacional. - La Comisión Pro-Parque Nacional del Sur. - Visitas de científicos. - Administración comunal. - Bandolerismo. - Peligro de guerra con Chile. - El Club Andino. - Llega el ferrocarril (5 de mayo de 1934). |
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Capítulo VII
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- La obra de Exequiel Bustillo. - La Estancia Huemul. - Exequiel Bustillo se radica en la zona. - El ideario de Exequiel Bustillo. - La Ley de Parques Nacionales. - El Hotel Llao Llao. - El segundo Hotel Llao Llao. - Los accesos al Parque Nacional. - Taxis y ómnibus. - Navegación lacustre. - El muelle. - Llegan los aviones. - Desarrollo urbanístico. - El centro cívico. - La estación meteorológica y la radio Bariloche. - La Catedral y la Capilla San Eduardo. - La Parroquia y el Obispado. - Andinismo. - El esquí y los esquiadores. - Otros deportes. - El Museo y la Biblioteca. - El Colegio Nacional y el Crub. - El Camping Musical. - Artistas. - Periodismo. - El archivo histórico regional. - Fuerzas de seguridad. - Guarnición militar. - Organización de la comunidad. - El Centro Atómico. - El Instituto Balseiro. - Cooperativa de Electricidad Bariloche. - Petróleo y carbón en la comarca. - Agencias de turismo y guías turísticas. - Nuevas industrias. - La Fundación Bariloche y las empresas de alta tecnología. - Acontecimientos y visitas relevantes. - Confinados ilustres. - Epílogo. |
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Capítulo Nº 1 En el descubrimiento y poblamiento de la región del lago Nahuel Huapi jugaron factores que determinaron la precedencia de unas corrientes expedicionarias sobre otras. Contra una primera impresión, la inmensa mole de los Andes no impidió que fueran españoles de Chile los primeros en llegar, y aun durante muchos años el acceso desde el océano Pacífico tuvo prioridad sobre quienes partían desde el océano Atlántico. Si descartamos los intentos de Hernando Arias de Saavedra, Jerónimo Luis de Cabrera y Basilio Villarino, quienes ni siquiera llegaron cerca del gran lago, hasta muy entrado el siglo XIX la civilización vino exclusivamente desde el oeste. Hallamos una explicación en la enorme extensión desértica que separaba esta región de Buenos Aires, Córdoba o Tucumán, los principales focos de irradiación colonizadora del este. Pero esta peculiar configuración geográfica no fue la única determinante. Hubo también una antecedencia cronológica. Mientras que Buenos Aires no fue repoblada hasta 1580 y Córdoba fue fundada en 1573, Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, había fundado Santiago en 1541 y en febrero de 1552 la ciudad que lleva su nombre en la desembocadura del Calle Calle. En marzo de 1552 Jerónimo de Alderete fundaba Villarrica en las faldas de la cordillera y en la vecindad de un cómodo paso para tramontarla. Valdivia
movido por el deseo de ensanchar el territorio de su gobernación, decide enviar
dos de sus capitanes, Francisco de Ulloa hacia el sur y Francisco de Villagra
hacia el este. |
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La entrada de Francisco Villagra Villagra partió de la ciudad de Valdivia para «la mar del Norte », con unos sesenta u ochenta hombres. La expedición debe de haber tenido lugar en el verano de 1552-53. Pasó la cordillera sin mayor dificultad por el Camino de la Villarica y se internó en una zona llana y árida hasta que, después de unos veinte días de marcha, lo detuvo un río caudaloso que en vano intentó vadear. Halló indígenas a los que hizo las propuestas de paz acostumbradas. Como éstos no le respondieron, posiblemente por incomprensión de lo que les decía, los atacó y derrotó. La imposibilidad de seguir adelante y las bajas sufridas decidieron al capitán español a emprender el regreso que efectuó por otra paso, unas cuarenta leguas más al sur. Las fuentes de que disponemos no son muy detalladas y hacen difícil la localización actual de los lugares recorridos. La
localización del paso cordillerano que transitó Villagra en su viaje de ida es
prácticamente imposible porque los primitivos cronistas no designaban ningún
paso con el nombre de Camino o Paso de la Villarica, ya que ninguno llevó este
nombre, sino que señalaba la ciudad de donde partían para sus travesías. |
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Documentos publicados por Miguel Luis Amunátegui y Claudio Gay probarían que ya a fines del siglo XVI se conocía el lago Nahuel Huapi antes de la fecha oficial de su descubrimiento y, aún más, que frailes mercedarios o franciscanos habían establecido misiones en sus proximidades. No serían por consiguiente las misiones jesuíticas de mediados del siglo XVII los primeros intentos evangelizadores realizados en esta región. Estas
primitivas misiones serían una expansión apostólica de los conventos de las
ciudades chilenas de Villarica y Osorno. |
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Juan Fernández descubre Nahuel Huapi (1620) De quien si tenemos la certeza de que llegó al Nahuel Huapi y le correspondería por consiguiente el mérito del descubrimiento del famoso lago fue el capitán Juan Fernández en 1620. Durante muchos años este privilegio fue atribuido al capitán Diego Flórez de León, maestre de campo, caballero de la orden de Santiago y de distinguida actuación en la conquista de Chile. El equívoco tuvo origen en un documento inédito que el investigador y erudito chileno José Toribio Medina publicó en 1898. El documento era un memorial de Flórez de León al Rey, sin fecha y que Medina atribuye a los años 1620 y tantos, en el cual este capitán ofrecía su concurso personal y pecuniario para organizar una expedición en búsqueda de los legendarios Césares y sobrevivientes de las expediciones de Pedro Sarmiento de Gamboa y del obispo de Plasencia que se perdieron en el estrecho de Magallanes. Para reforzar su solicitud al Rey, Flórez de León incluye en su memorial la narración de la «entrada» de Juan Fernández y su llegada al lago. Fonck, en 1900, aceptó sin mayor crítica la atribución de Medina que adjudicaba la jefatura de la expedición descubridora a Flórez de León y, basándose en una nota de Barros Arana, la fechó antes del 28 de febrero de 1621.13 La versión de Fonck fue seguida finalmente por los tratadistas hasta que historiadores contemporáneos,14 releyendo cuidadosamente y con mayor sentido crítico el texto publicado por Medina, hallaron el verdadero descubridor, que no hay que confundir con su homónimo el descubridor de las islas que llevan ese nombre y que falleció poco antes de finalizar el siglo XVI. El documento en cuestión dice
lo siguiente: «Y porque el descubrimiento de los Césares y de aquellos españoles
que se perdieron en el navío del Obispo de Plasencia, y quedaron en la ciudad de
San Felipe, que en el estrecho fundó el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa, de lo
que los historiadores hacen tanta mención, cosa tan deseada en el Perú por la
mucha gente y riqueza que promete: me ha parecido por fin desta materia y por
pertinente á ella, poner á la letra la relación que últimamente se tuvo en Chile
del Capitán Juan Fernández, que por orden del gobernador Don Lope de Ulloa y
Lemos, fue el año de 1620 con cuarenta y seis hombres a descubrir las noticias
destas gentes por la parte de Chiloé y por Valdivia |
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Como vemos por este último párrafo y el comienzo del texto citado, el motivo de la expedición de Juan Fernández fue «el descubrimiento de los Césares y de los náufragos españoles que se perdieron en el Estrecho». Los Césares fueron los míticos habitantes de una fantástica ciudad ubicada en un impreciso lugar de la Patagonia que como otras legendarias regiones, El Dorado o el Pais de las Amazonas, fueron fruto de la fértil imaginación de los conquistadores. En busca de esta fabulosa ciudad, que nadie había visto pero que muchos describían con lujo de detalles y que sólo la exaltación y credulidad de la época pueden explicar, se realizaron numerosas expediciones, que a su vez generaban otras, con lo cual la supervivencia de la leyenda estuvo asegurada por muchos años. Comenzó a difundirse a mediados del siglo XVI y aún exaltaba la imaginación hasta bien entrado el siglo XVIII. En la búsqueda de la ciudad
encantada los españoles eran alentados por las descripciones que de sus mismos
establecimientos les hacían los indígenas. La incomprensión de la mentalidad y
forma de expresión del indio les impedía reconocer fundaciones españolas que, ya
sea por las dificultades de noticias o bien por falta de un plan orgánico de
colonización, desconocían, y asi no hacian más que seguir sus propios rastros.
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Un interrogante interesante que plantea la expedición de Juan Fernández es el conocer su itinerario y el paso que utilizó para trasmontar la cordillera. El punto de partida de la expedición, como de otras que se hicieron durante el siglo XVI para capturar esclavos en las vecindades del Nahuel Huapi, como veremos, fue la plaza fuerte de Calbuco. Fue fundada con el nombre de San Miguel de Calbuco en 1602 por Francisco de Hernández, siendo gobernador Alonso de Rivera, en la parte continental de la provincia de Chiloé, en tierra firme en la entrada del estero de Huito. Quemada dos veces por los indígenas, se la trasladó a la isla de Caicayen, actual isla Calbuco, donde subsistió hasta nuestros días. Juan Fernández y sus compañeros alcanzaron luego con las piraguas la boca de Purailla (escrita en el texto «Turailla”, por error evidentemente), actual estero de Reloncaví. Se lo llam6 así por la entrada o acceso a la zona de Purailla, nombre con el cual también se conocieron los lagos de Todos los Santos y Llanquihue y que significa «ocho comunidades», por las parcialidades que en ese número poblaban sus riberas. Luego por tierra llegaron a la laguna Guechocabi o Quechocavi, que significa cinco agrupaciones o parajes habitados, nombre que también recibió el lago Todos los Santos. Después de remontar el río Peulla, el único camino posible era el que posteriormente usaron los misioneros y que fue reconocido con el nombre de Camino de las Lagunas, que utilizaba como paso cordillerano la cuesta de los Raulíes, seguía por las actuales lagunitas Pangue y Los Clavos, con su desagüe en Puerto Blest, y finalmente el lago Nahuel Huapi. La razón de la preferencia del
paso de los Raulíes (mil doscientos setenta metros de altura sobre el nivel del
mar) sobre su vecino meridional de Pérez Rosales trescientos metros más bajo y
más cómodo estriba en que el primero permitía superar las escarpadas laderas de
la laguna Frías y el río Frías, no navegable. Sólo después de 1893, fecha en que
Juan Steffen lo recorrió integralmente, comenzó a utilizarse el paso de Pérez
Rosales. |
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Malocas de los españoles Según Juan Fernández, los indígenas de Nahuel Huapi «servían a las ciudades de Osorno y Villarica, cuando estuvieron pobladas». Como estas ciudades fueron destruidas en 1604 y 1602, respectivamente, deducimos que ya en el último tercio del siglo XVI los españoles habían descubierto y visitado el lago Nahuel Huapi ya que es inverosímil que los indios sirvieron espontáneamente. El jesuita Diego de Rosales nos aporta interesantes datos a este respecto. Hablando de la laguna de «Naguelguapi» nos dice que «contiene en su ámbito muchas islas habitadas de indios rebeldes, que ni en las fortalezas de sus islas ni en las murallas y fosos de sus lagunas están defendidos del valor de los españoles y de los indios amigos de Chiloé. Y aunque por su valentía se llamen tigres, los españoles son leones, y passan a maloquearlos por lagunas y cordilleras, sin embarazarse en su fragosidad ni estorvarles las lagunas que atajen el paso, porque deshacen las piraguas, que son embarcaciones de tres tablas cosidas, como arriba dige, y las llevan cargadas de unas lagunas en otras por las cordilleras. Y assi entran en Naguelguapi y dan terribles assaltos a los indios, y pudieran averles hecho la guerra tambien por Boroa, pasando por el camino que yo andube de la Villarica, pero avia tantos enemigos antes de llegar allá que era dexar la fuerza mayor del enemigo a las espaldas Como vemos, los españoles
venían de Chile a maloquear, forma primitiva de la voz malón que como otras
tomaron de lo indios e incorporaron a su vocabulario. Lenz nos precisa su
significado: «campeada; asalto por sorpresa que daban los españoles a los indios
pra robar i hacer prisioneros de guerra». |
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El padre Diego Rosales visita “la laguna de Nahuelguapi” Cierra este capítulo de conquitadores y descubridores la figura del padre Diego de Rosales, misionero, erudito, estratega militar, sagaz político e historiador que en misión de paz, enviado por las autoridades chilenas, vino al Nahuel Huapi en 1651. Este distinguido jesuita nació en Madrid en fecha que se deconoce pero que no puede alejarse muchos meses del comienzo del siglo XVII. Apenas cumplida la mayoría de edad vino a las Indias incorporado ya a la Compañía de Jesús. En Lima se ordenó y poco después fue destinado a la Misión de Arauco, plaza fuerte fronteriza del sur de Chile, donde ejerció su ministerio como capellán militar y asistiendo a los indígenas cuya lengua había aprendido con perfección. El gobernador don Francisco
López de Zúñiga, marqués de Baydes, le brindó su confianza. El marqués, hombre
piadoso y pacífico, adhirió con entusiasmo a las ideas pacifistas de los
jesuitas, convino con los indígenas un convenio de paz que se conoció como las
paces de Baides y que trajo una tregua en la larga guerra con el indómito pueblo
araucano. El parlamento tuvo lugar en Quillin, el 6 de enero de 1641, y en él se
destacó el padre Rosales quien también por encargo del Gobernador pacificó a los
pehuenches. |
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Capítulo II
La isla de Chiloé, base de operaciones de los misioneros Hasta ahora nos hemos ocupado de expediciones transitorias a la región del lago Nahuel Huapi. Debió pasar más de un siglo hasta la llegada de un nuevo visitante, el padre Nicolás Mascardi, S.J. Con su arribo a las márgenes del gran lago (1670) se inicia un nuevo período durante el cual asistimos a un afincamiento bastante permanente, establecimiento debido a la expansión misionera de la Compañía de Jesús y que tuvo como punto de apoyo y base de operaciones la región de Chiloé y, para ser más precisos, la población de Castro. La isla de Chiloé, separada del continente por el estrecho de Chacao, es la más septentrional de ese rosario de islas que dan su fisonomía peculiar al Chile austral. En los principios de 1567, cuando Rodrigo de Quiroga era gobernador de Chile, el mariscal Martín Ruiz de Gamboa conquistó Chiloé, que había sido descubierta por Ulloa en 1553. También fundó la ciudad de Castro en la costa oriental y en la margen sur del río Gamboa.1 Durante muchos años fue la única población de todo el archipiélago. Completaban las instalaciones hispánicas en este extremo de su imperio un fondeadero en Chacao sobre el estrecho homónimo y dos fuertes, el de Calbuco y el de Carelmapu, en la costa norte del estrecho. Esta población
marcaba el extremo sur del avance español sobre la costa del Pacífico y era
sumamente pobre. Sus habitantes, los chilotes, gente pacífica, dócil, humilde y
sufrida, se sometieron sin resistencia al invasor y aceptaron la religión que
les predicaron los misioneros. La producción alcanzaba escasamente para
satisfacer las necesidades más elementales y se componía de cultivos propios de
clima frío y lluvioso que imperaba casi todo el año: papa, quinoa y sobre todo
los abundantes mariscos que el mar arroja a su playa. Su principal riqueza la
constituían las tablas de alerce que venían a buscar los navíos, aún desde el
Perú. |
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El nuevo colegio fue servido por cuatro y a veces más religiosos que lo atendían sin descuidar las obras misionales ya mencionadas. El padre Nicolás Mascardi fue nombrado rector, por contar con capacidad y celo apostólico ya probados. Al padre Mascardi, imagen del verdadero apóstol de Cristo, se debe la fundación de la Misión de Nahuel Huapi, primer foco de cristianismo y civilización en este lago. Había nacido en Roma, el 30 de septiembre de 1625. Renunció a la brillante posición que por su origen hubiera podido aspirar -sus padres eran nobles- para seguir el sacrificado camino del misionero. Su ardor apostólico lo llevó a solicitar su ingreso en la Compañía de Jesús y posteriormente un destino en las misiones de Arauco. Embarca para América en 1651. En Chile culmina en forma brillante sus estudios de teología. Cuando le comunican que se lo quiere destinar a la cátedra, de rodillas suplica que se lo envíe a misionar. Su primer destino fue la Misión de Buena Esperanza, próxima a Concepción y Chillán. Inmediatamente la dulzura de su trato y la santidad que irradia toda su persona le consiguieron conversiones donde otros padres habían fracasado, y aun curas milagrosas. Una insurrección indígena lo obliga a buscar refugio en Chillán, ciudad donde la peste hacía estragos entre los indígenas. Los enfermos eran arrojados de las casas por sus parientes por temor al contagio y nadie cuidaba de ellos, ni aun los otros sacerdotes. El padre Mascardi, dando muestras de heroica virtud, cuidaba de los cuerpos y de las almas de estos infelices. No se destacó solamente en el plano de la caridad. Fue un cultor distinguido de la ciencia matemática y astronómica. El célebre Anastasio Kircher de Wurzburgo, inventor de la linterna mágica, se carteaba con Mascardi y se enorgullecía de su aventajado discípulo. El devastador terremoto de Concepción en 1667 le da nuevamente oportunidad de prodigarse en beneficio de los demás. A su insistente pedido se lo traslada a la Misión de Chiloé, como rector del colegio de Castro. Allí participó, exponiendo su vida, en la misión circular por las islas del archipiélago.
De regreso de una de las tantas entradas a la banda oriental de la cordillera
los españoles trajeron como esclavos una veintena de indios poyas. Estos
indígenas recibieron distintas denominaciones a lo largo de la historia. |
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Los Poyas y otras parcialidades indígenas Según Salvador Canals Frau, los poyas o ténesch, lo mismo que los tehuelches y los onas, eran uno de los pueblos patagones del sur o chónik. Aunque generalmente se da el nombre de patagones a todos los indígenas de la Patagonia, es decir del territorio comprendido entre el río Negro y el estrecho de Magallanes y desde el Atlántico al Pacífico hay diferencias entre los patagones del norte y los patagones del sur, aunque originariamente ambos grupos constituyeran una sola unidad. Con el mejor conocimiento etnológico de la Patagonia las denominaciones generales van cayendo en desuso. Tal sucede con el término chónik que con el valor aproximado de «nosotros los hombres» utilizaban todos los patagones del sur para designarse a sí mismos. En su lugar los especialistas prefieren los nombres particulares de cada una de las agrupaciones étnicas en que se dividían: los tehuelches, los más conocidos, ocupaban el área mayor, desde el río Chubut hasta el estrecho de Magallanes; los onas en Tierra del Fuego y los Ténesch, arrimados a la cordillera desde el lago Nahuel Huapi al sur.7 Milcíades Alejo Vignati otorga a los poyas una extensión de tierra mucho mayor dándoles como hábitat casi toda la Patagonia, al sur de los patagones del norte, hasta el río Santa Cruz. El poya, como los otros patagones, era un lindo tipo de hombre, alto y corpulento, uno de los más altos de la tierra, pero no por ello lo podemos llamar gigante. Su tez no era tan morena, de suerte -nos dice el padre Olivares- «que si ellos tuvieran más cultura i policia, podían pasar por españoles. Eran de temperamento pacífico y dócil. Como su economía se basaba en la caza y en la recolección de raíces eran nómadas. Con frutas silvestres hacían una bebida, la chicha, con la cual se embriagaban y a la que agregaban sustancias tóxicas para envenenar a aus enemigos, como hicieron con los padres Laguna y Guillelmo. Los principales animales que cazaban eran los pájaros, guanacos y avestruces, y después del siglo XVIII, vacunos y caballares. Realizaban la caza a pie y con arco y flechas. Para acercarse a los animales solían disfrazarse con plumas de avestruz o utilizaban pequeños guanacos amansados como cebo. |
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Habíamos visto que el padre Mascardi tuvo su primer contacto con los poyas por unos cautivos traídos por el capitán Diego Villarroel, enviado por el gobernador de Chiloé Juan Verdugo, siendo gobernador de Chile don Tomás Marin de Poveda. Cuatro años de pacientes y laboriosas gestiones empleó Mascardi hasta obtener del gobernador de Chiloé la libertad de los cautivos. Durante este lapso los visitó en la prisión, vistió, adoctrinó y hasta llegó a confeccionar un catecismo, confesionario y gramática de su lengua, madurando ya el propósito de misionarlos. En enero de 1669, terminada su rectoría, se dispone a cruzar la cordillera para llevar los auxilios de la religión a los Césares y en el trayecto evangelizar a los poyas. El ardiente celo apostólico del incansable fraile no lo lleva a analizar los fantásticos cuentos de los indios, que por otra parte los españoles de la época aceptaban. Entre los cautivos había una india principal, Huageluen (Estrella), que se hacía llamar reina, pero que en realidad era esposa de un importante cacique. Agradecida a Mascardi, le prometió ponerlo en contacto con los Césares. No cumplió su promesa, pero lo ayudó mucho en su empresa evangelizadora. Obtenido el permiso del provincial de la orden, del gobernador Cosme Cisternas Carrillo y del Virrey del Perú, conde de Lemos, Mascardi reúne los víveres y demás implementos pidiendo limosna a los vecinos. Acompañado por los indios redimidos, sin español alguno, salvo un niño que lo ayudaba a oficiar la misa, hizo caminando el penoso cruce de la cordillera, que un pie que llevaba «desconcertado» tornó más arduo. Los indios de Nahuel Huapi, avisados por un mensajero, lo esperaban al pie de la cordillera con balsas y canoas. Mascardi llegó a Nahuel Huapi a fines de 1670 y levantó su Misión, una pequeña capilla y un miserable rancho, en la margen norte del lago, en el actual Puerto Huemul, en la península homónima. El sitio del asentamiento de la misión dio lugar a controversias entre los historiadores de fines del siglo pasado y comienzos del presente. Un hallazgo fortuito permitió localizarla en forma indiscutible. En 1931, en el casco de la estancia Huemul, en un lugar próximo a la antigua casa del establecimiento y a pocos metros del lago, fue descubierto un cráneo. En las proximidades se hallaron trozos de cerámica esmaltada y a un metro treinta centímetros de profundidad trece esqueletos humanos dispuestos en forma paralela. Don Carlos Ortiz Basualdo, propietario de la estancia, comunicó el descubrimiento al Museo de la Plata, cuyo director, don Luis María Torres, comisionó al profesor Milcíades Alejo Vignati para que se trasladara al lugar y estudiara el enterratorio. En marzo de 1933, aquél comenzó sus estudios. Lo que le llamó la atención fue la posición estirada, y no según el ritual indígena, la manos sobre el pecho y restos de un crucifijo juntamente con ofrendas, un esqueleto de perro, un cántaro, un mortero y una lámina de cobre repujado en forma de disco. Se trataba evidentemente de indígenas cristianizados a los cuales se les toleraba algunas costumbres paganas. Estos restos arqueológicos, corroborado por los datos topográficos transmitidos por los padres Enrich y Olivares, fray Francisco Menéndez, Cardiel y Falkner, dieron a Vignati la certidumbre de que había descubierto lo restos de la primitiva Misión Jesuítica de Nahuel Huapi y los dató como correspondientes a la segunda época, la del padre Laguna. «Cuatro años estuvo el apostólico fraile entre estos bárbaros, haciendo grande fruto y padeciendo grandes trabajos y necesidades, sin comer pan ni beber vino, ni tener otra cosa que comer de sustento, sino un poco de harina de cebada, diluida en agua, y por Pascua y por un gran regalo, un poco de carne de caballo, y tan bien hallado se estaba en esta miseria, que según describía cada año que sólo al año había mensajero, decía que estaba en el Paraíso, y más regalado que en Roma. El virrey del Perú, conde de Lemos, muy entusiasmado con las buenas nuevas que le daba el padre Mascardi, le envío doscientos ducados de plata, unas medallas del mismo metal y estampas de Nuestra Señora de los Desamparados de la cual era muy devoto y una bella imagen de la Purísima que el misionero colocó en su humilde capilla y tomó como patrona de su misión. Por esta razón se conocía la misión con el nombre de Nuestra Señora de Nahuel Huapi. Tanto lo querían los indios que en una oportunidad en que intentó regresar a Chile, los indios, con lágrimas en los ojos, le rogaron que se quedara y se negaron a guiarlo. Su deseo obsesionante de llegar a los Césares lo impulsó a emprender cuatro viajes en el interior de la Patagonia. Por la deficiente documentación es muy difícil reconstruir sus itinerarios y aun hay autores que dudan de su realización. Es posible que haya alcanzado el lago Muster y las proximidades de los puertos de Santa Cruz o Deseado. Bajo la impresión de tristes presagios emprende el último de sus viajes. Como en otras oportunidades lo acompañaba el fiel Manqueunai. En un punto imposible de precisar, que se presume en las vecindades de Puerto Deseado, en septiembre de 1673, fue ultimado por los indígenas con golpes de bola de piedra en la cabeza y saeta en el pecho. La triste noticia del martirio llegó a la misión por boca de uno de los acompañantes del infortunado sacerdote, un indio poya, que había podido huir no sin antes efectuar la piadosa acción de enterrar el cadáver en unos arenales. Entonces los indios se acordaron de que antes de emprender el viaje, el padre Mascardi les había confiado una carta para las autoridades de Chile. En ella declaraba la inocencia de los indios de Nahuel Huapi y les rogaba que, cuando se presentaran, no se les hiciera cargos por su muerte. Una gracia especial había advertido el santo sacerdote de su próximo fin y le había permitido velar por sus catecúmenos aun después de muerto. ¿Qué fue del niño que acompaño como monaguillo a Mascardi, único interlocutor para hablar en castellano? Se llamaba Juan de Uribe y cuando mayor se ordenó sacerdote y toda la vida fue entusiasta panegirista de la santidad del misionero mártir. El gobernador y capitán general del reino de Chile, don Juan Henríquez, comisionó al padre Ferreira (1675) para que buscara el cadáver del infortunado mártir. Ferreira encargó a su vez la comisión a seis españoles que cruzaron la cordillera por el camino de la misión, llegaron hasta el Atlántico y dieron con el cadáver del padre, ornamentos y vasos sagrados que entregaron al gobernador Henriquez. Aunque desprovista de misioneros la misión continuó concitando el interés de las autoridades civiles y militares. Una real cédula del 2 de julio de 1684 ordenaba pagar el sínodo de los misioneros aún estando vacante y el virrey del Perú, duque de la Palata, autorizaba en 1686 el envío de nuevos padres. |
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El padre José de Zúñiga inicia una misión en Rucachoroy Los superiores de la Orden, para allanar el camino de la restauración de la Misión de Nahuel Huapi, deciden enviar en 1689 al padre José de Zuñiga para fundar una misión entre los indios pehuenches. Este la instala en Calihuaca, llamada así por el nombre de un cacique comarcano, catorce leguas al norte del lago Nahuel Huapi al otro lado de la montaña de Rucachoroy (Casa de los Loros) en el primitivo camino de Valdivia al lago. Un suceso
imprevisto terminó con la obra del padre Zuñiga en Calihuaca. El gobernador don
José Garro, que realizaba una excursión por esa región, se sorprendió con el
hallazgo de una misión tan alejada y cuyo establecimiento desconocía.
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El padre Guillelmo descubre el paso de Vuriloche Muerto el padre Laguna las autoridades de la Compañía señalaron como superior de la misión al padre Juan José Guillelmo. De origen sardo, había nacido en Tempis, Cerdeña, el 12 de septiembre de 1672 y quedó huérfano a los catorce años. Muy joven, a los dieciseis años ingresa en la Compañía de Jesús. Ante sus insistentes pedidos se lo destina a las misiones de Chile. Viaja a América en compañía de los padres Miguel de Viñas, Felipe de la Laguna y Antonio Fanelli. Tras una breve estada en Santiago, donde se destacó en la cátedra de filosofía, pasa a la misión de los pehuenches en Culé, junto al padre Nicolás Kleffer. Pero su vocación de servir a Dios en sus prójimos no se hallaba satisfecha aquí. Deseaba la misión más alejada y peligrosa, la de Nahuel Huapi, lo que finalmente obtiene a comienzos de 1704. Aunque destinado a la misión, no se hallaba en ella al producirse la muerte del padre Laguna. Apenas recibió la noticia voló a ocupar su puesto. Inmediatamente se dedicó a continuar las tareas comenzadas, sin ponerse a averiguar la causa de la muerte de su antiguo superior para no inquietar a los indios ni dar motivos de repesalias de los españoles, lo cual traería la ruina de todo lo ganado. Casi siempre se halló solo porque los padres Gaspar López y Miguel de Olivares lo acompañaron por temporadas. Se aplicó al estudio de las lenguas indígenas, recurso indispensable para un misionero. Llegó a dominar el mapuche que logró hablar con soltura y elegancia, pero no le servía para entenderse con los comarcanos del lago. Se aplicó entonces al estudio del poya y del puelche, de los cuales escribió un Vocabulario y una Gramática, lamentablemente perdidos en los incendios que padeció la misión. Para entender a sus catecúmenos que aumentaban día a día, edificó una iglesia más amplia. Como las comunicaciones con Chile eran intermitentes, las condiciones de abastecimiento eran muy precarias, lo que obligaba al padre a vivir de la caza como sus adoctrinados. Uno de los grandes problemas de la misión era precisamente el de la comunicación con Chile. El camino de las lagunas, además de incómodo, era peligroso por los terrenos pantanosos que atravesaba, las múltiples veces que había que vadear el río Peulla y las súbitas tormentas que amenazaban a las frágiles piraguas que se atrevían a cruzar los lagos Nahuel Huapi y Todos los Santos. Existía una vía totalmente terrestre, el famoso camino de Vuriloche, cuyos sucesivos descubrimientos y pérdidas de su trazo le confirieron un carácter algo misterioso y mítico. Los primeros que lo transitaron fueron los conquistadores españoles de Chile que lo usaron para castigar a los indios rebeldes de la región de Vuriloche. Extinguidos estos indios, fue abandonado y se perdió memoria del camino. Uno de los
grandes méritos del padre Guillelmo fue precisamente el descubrimiento de este
paso. Mientras estaba en Castro, un viejo soldado le comunicó que partiendo de
Ralún, fondo de la ensenada de Reloncavi, se entraba en un camino por el cual en
sólo tres días se podía ir a caballo hasta la misión. El mismo informante lo
había recorrido siendo más joven, pero por su mucha edad no podía acompañarlo y
sólo pudo darle señales del derrotero. |
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Capítulo
III |
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Francisco Fonck y Fernando Hess llegan al Lago Nahuel Huapi En 1856 el gobierno chileno encomendó al doctor Francisco Fonck la continuación de las exploraciones. Este fue quien realizó el primer reconocimiento del lago Nahuel Huapi con carácter científico. Lo acompañaron el colono e ingeniero alemán Fernando Hess, el piloto Pedro María Uribe y el indio Juan Currieco que ya había participado de la exploración del año anterior. El anciano Olavarría era también de la partida, pero enfermó en el lago Llanquihue y tuvo que quedar en Chile. Salieron de Puerto Montt el 30 de enero de 1856 y por el conocido camino de los lagos y valle del río Peulla avistaron un paso que estiman «es el boquete lejítimo es decir el camino que se deberá tomar en adelante i que ni esta vez ni el año pasado se ha tomado i según parece, tampoco en las expediciones del siglo pasado. Hemos llamado este paso el ‘Boquete de Pérez Rosales’, quien primero tuvo la idea feliz de sacar del olvido aquellas tierras y dió el impulso a todo lo que se hizo después. Fonck y Hess estaban en lo cierto. No pasó mucho tiempo para que el paso de Pérez Rosales se convirtiera en el camino clásico entre las dos repúblicas. La razón por la cual estos exploradores y sus predecesores prefirieron el vecino paso de los Raulíes, más escarpado y de mayor altura, estriba en la circunstancia de que ofrecía un camino totalmente terrestre que evitaba la laguna Fría, que por sus escarpadas orillas no podía ser bordeada, y también el pantanoso valle del río Frío no navegable por sus rápidos. Nuestros expedicionarios, desde su campamento en la laguna de los Cau-quenes, ascienden a un cerro, al E. de aquella y que bautizan 12 de Febrero, por ser el aniversario de la batalla de Chacabuco y de la fundación de Puerto Montt. El 15 de febrero continúan la marcha por el curso del arroyito que nace en la laguna Los Clavos y llegan a la orilla del lago Nahuel Huapi donde hallan los restos de una antigua piragua del padre Menéndez. Urgidos por la escasa cantidad de víveres de que disponían, construyen con toda premura una canoa, ahuecando un tronco caido de alerce, en un puerto natural que bautizaron Puerto Blest, en homenaje al intendente de Llanquihue, Juan Blest, amigo de Fonck e impulsor de la expedición. El 18 de febrero se embarcaron en la frágil embarcación Fonck, Hess, Juan Currieco y Pedro Maria Uribe. Navegando siempre cerca de la costa por temor a las fuertes e imprevistas ráfagas que suelen producirse en esto lagos, llegan hasta una punta que llamaron San Pedro, en honor al piloto Pedro María Uribe, la que recorren, en parte, a pie. Divisan una isla grande en el centro del lago, la isla Victoria, a la que bautizaron como Isla de Frai Menéndez. Cuando estaban por regresar, un temporal los retiene. Con angustia ven pasar los días. Disminuían las escasas provisiones y no había como reponerlas. Antes de regresar, dejan clavada en la playa una banderita chilena como símbolo de la posesi6n de Chile y recuerdo del avance. No sin peligro de zozobrar llegan junto a los otros compañeros, que alarmados por el retraso habían comenzado a construir un bote para buscarlos. Regresan por el camino conocido y el 29 de febrero llegaban a Puerto Montt. El doctor Francisco Fonck fue un médico de origen alemán que se radicó en Chile y que brindó a su patria adoptiva su acción, su espíritu de investigador y su vocación de explorador. Nació el 11 de marzo de 1830, en Goch, pequeña ciudad del Rin. Estudió en los gimnasios de Dusseldorf, Bonn y en las Universidades de Bonn, Berlín, Praga y Viena. Obtuvo su título de doctor en medicina en la Universidad de Berlín, en 1852. Paralelamente a sus estudios de médico, se interesa por las ciencias naturales, especialmente la botánica. Atraido por las montañas, recorre el Tirol, Bohemia e Italia. Los estudios científicos y sobre todo las brillantes descripciones del barón de Humboldt lo entusiasmaron con Chile, país que entonces comenzaba a llamar la atención en Europa. Decidió radicarse en la joven república. Humboldt, que como huésped del rey Federico Guillermo IV de Prusia, estaba redactando en Postdam su Cosmos, le dio una expresiva carta de recomendación para su amigo H. Bonpland. Llegó a Chile con su esposa en 1854. Revalida inmediatamente su título en la ciudad de Santiago. A fines de 1854, don Vicente Pérez Rosales le ofrece el cargo de médico de la colonia fundada por él a orillas del lago Llanquihue. Catorce años residiría en Puerto Montt, atendiendo a los colonos con abnegación y sacrificio, alternando el bisturí con el machete, a través de bosques y pantanos, por pésimos caminos, cuando los había, o navegando el lago. Sin descuidar sus enfermos cultiva el estudio de las ciencias naturales, que en un marco virgen le abre grandes posibilidades. Estudia las aguas minerales de Petrohué, Reloncavi y Comau, envía colecciones de plantas al Museo Nacional, por intermedio de su amigo, el doctor R. A. Philippi. Su inquietud exploradora lo llevó a efectuar dos viajes. El primero, el ya narrado a Nahuel Huapi, en 1856, en compañía de su compatriota Hess. En recompensa, el gobierno chileno les otorgó, por intermedio del ministro Antonio Varas, una gratificación de seis onzas de oro a cada uno. Al año siguiente acompañó como médico y naturalista la expedición del capitán chileno Francisco Hudson, que, embarcada en el bergantín de guerra Janequeo, tenia por fin aclarar si existía un canal que comunicara con el golfo de Penas. Durante el viaje, Fonck estudió el fenómeno de los bosques anegados y reunió importantes colecciones, sobre todo botánicas, que remitió al Museo Nacional. En 1869 se aleja, con verdadero sentimiento, de su querida colonia y parte para Europa, con el fin de atender la educación de sus hijos, ya crecidos. Deja en su lugar a un compatriota y amigo, el doctor Carlos Martín. Pasa dos años en Berlín donde ejerce el cargo de viceconsul de la República de Chile, publica folletos y artículos y da conferencias sobre su patria adoptiva. Deja su familia en Dresden, Alemania, para completar su educación y regresa a Chile en 1872. Se establece en Valparaíso donde se dedica casi exclusivamente a su profesión. En 1882 es elegido diputado suplente por Llanquihue al Congreso Nacional. Fonck se siente cansado. Ha llegado el momento de cosechar lo sembrado, de sistematizar los abundantes materiales recogidos durante su larga carrera profesional y científica. En 1887 se retira a Quilpué, villa próxima a Viña del Mar. En este apacible retiro comparte su profesión, que desempeñó con entusiasmo y dedicación hasta avanzada edad, con la actividad científica y literaria. Los últimos años transcurrieron mansamente entre el cariño de sus compatriotas y de su numerosa familia. En 1889, visitó su antigua patria de Llanquihue donde fue muy festejado. Murió el 21 de octubre de 1912. Fonck es autor de una abundante bibliografía, en castellano y alemán, en libros, periódicos y revistas. Sus títulos alcanzan a setenta y dos y versan sobre geografía física, mineralogía, botánica, geología, arqueología, aunque todas referidas a la zona sur de Chile. En 1883 cayeron en sus manos manuscritos de los diarios de viaje del padre Menéndez a la cordillera. Si bien algunos estaban publicados en el Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, decidió editarlos con comentarios actualizados. En 1893 escribió un pequeño tomo preliminar, sobre la orografía de la región austral, como introducción a los diarios. En 1896 publicó el primer tomo, Viaje de Fray Francisco Menéndez a la Cordillera con los dos primeros viajes a las cordilleras al este de Chiloé y en 1900 dio remate a su obra publicando el segundo tomo, Viajes de Fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi, con los cuatro últimos viajes del andariego fraile. Fonck no se limitó a honrar al ilustre misionero publicando sus diarios sino que hizo una verdadera obra propia. Sus comentarios son un verdadero compendio, por la profusión de datos que aportan sobre la geografía fisica, biología, etnografía e historia, no sólo de las zonas mencionadas, sino de todo el sur de Chile y de la Patagonia. En su segundo tomo desarrolla sus puntos de vista sobre el origen de la leyenda de los Césares, a la que hace derivar de la leyenda medieval europea del Santo Grial, y también sus ideas sobre la orografía de la cordillera y sobre la solución que él consideraba más equitativa sobre la cuestión de límites. La consideración de que los seis viaje del fraile misionero cruzando el terreno en litigio fueron realizados antes que llegara al mismo, ningún viajero venido desde el Atlántico dio a Fonck la convicción de que este solo hecho debía in-clinar la balanza a favor de su patria adoptiva. La prensa de Chile tributó numerosos elogios a esta obra. El Mercurio le dedicó una serie extensa de artículos. Autores y sociedades geográficas de Alemania la recibieron favorablemente. Sin embargo, la circulación del libro fue limitada y el autor tuvo que regalar casi toda la edición. Defendió con calor la causa de Chile en su disputa fronteriza con la Argentina, por medio de artículos y comunicaciones semioficiales y privadas. Hasta escribió un libro. Examen crítico de la obra del señor perito argentino don Francisco P. Moreno. Don Fernando Hess era un ingeniero y dibujante alemán que se radicó en la colonia que don Vicente Pérez Rosales formó en las riberas del lago Llanquihue con colonos alemanes. La bandera chilena que enarboló en su popa la embarcación en que los expedicionarios de 1856 navegaron el lago Nahuel Huapi fue obra de la señora Gertrudis Maus de Hess. Se deben a Hess el croquis y una litografía sobre el Tronador que acompañan la relación del viaje. Según referencia del doctor Fonck, dos colonos valdivianos de origen alemán, Otto Muhm y Federico Braemer realizaron en 1857 un viaje hasta el río Limay con el objeto de comerciar. Entablaron relaciones con el poderoso y afamado cacique Llanquetrui, y Federico Braemer cruzó a nado el Limay cerca de su confluencia con el Collón Curá. Es una verdadera lástima que no se tengan más datos de este interesante viaje. La única noticia es la que da Fonck en una nota de su libro sobre los viajes del padre Menéndez10 quien asegura haber poseído un extracto del diario de los intrépidos viajeros. |
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La extraordinaria aventura de George Chaworth Musters La zona ribereña del Limay fue también testigo en el año 1870 de la llegada de un extraordinario viajero que arribó en condiciones sumamente curiosas. Nadie hubiera imaginado que en ese grupo de tehuelches que llegaba al País de las Manzanas, trajeado con una raida manta, figuraba un oficial de la real marina inglesa. George Chaworth Musters, culto oficial inglés, resolvió incorporarse en Santa Cruz a una tribu tehuelche que en largo y duro peregrinar se dirigía al Limay, al País de las Manzanas y a Patagones. Los móviles de los aborígenes para emprender tan largo viaje eran un gran parlamento para resolver si los araucanos y tehuelches apoyarían un malón de Calfucurá y efectuar trueques. Los tehuelches entregaban mantas y bolas y recibían las codiciadas manzanas. Tres meses de conversaciones y obsequios le costó a Muster convencer al cacique para que le permitiera incorporarse al grupo, decisión de la cual no se arrepintió. El capitán inglés se amoldó, no sin penurias, tan bien al modo de vida de sus compañeros que lejos de serle una carga se constituyó en hombre de consejo y les ayudó a salvar situaciones difíciles. Aprendió a bolear, enlazar, fabricar bolas, lazos y estribos. A tal punto conquistó la estima de los indios que al fin del viaje se desempeñaba como chasqui y parlamentario de confianza. Desde semanas antes de llegar a las tolderías de Sayhueque, las manzanas y Cheoque, así llama Musters a ese cacique, eran casi el único tema de conversación. Cruzan el Limay por un vado, en el cual los caballos tuvieron que nadar, una milla abajo del lugar en que había naufragado Cox. Efectuado el cruce les sale al encuentro el cacique Inacayal. La recepción formal se efectúa en un valle próximo, bien regado, donde Sayhueque tenía establecidos sus reales. Los manzaneros los reciben formados y maniobrando, divididos en cuatro escuadrones, con una disciplina que no habría desacreditado a una caballería regular. Después de los acostumbrados apretones de mano entre los jefes del Gran Cheoque, hombre de aspecto inteligente, como de treinta y cinco años de edad, bien vestido con poncho de tela azul, sombrero y botas de cuero, recorrió a caballo nuestra línea, estrechando la mano a todo el mundo y haciendo una que otra observación. Cuando llegó a mí el individuo, me sentí un poco avergonzado de mi traje, una simple manta, no en muy buen estado de conservación. El por su parte, pareció sorprenderse algo cuando, habiendo preguntado quien era yo, supo que era inglés, y como se le dijera además, que yo había escrito las cartas en español que se le habían enviado anteriormente, y que un valdiviano había traducido, se detuvo a conversar conmigo por unos minutos. Los tehuelches se dipersaron y levantaron vivaques en las inmediaciones de los toldos de Sayhueque. También concurrieron indios picunches del norte para comerciar con piñones. Todos los visitantes, durante su estadía, se alimentaban a costa del ilustre anfitrión carneando de sus ganados. El viajero inglés se tentó por las frescas y jugosas manzanas y no halló desventajoso cambiar veinte de ellas por un par de bolas, aunque luego sus compañeros le dijeron que lo habían estafado. Satisfecha esta imperiosa necesidad gatronómica que le permitió variar su monótona dieta, el viajero inglés pudo dedicar más atención a las instalaciones del «Señor de las manzanas». La toldería estaba ubicada en el ángulo que forman el río Caleufú («otro río» o «el río») y el Yala-leu-curá («hacen ruido las piedras») que desaguan casi juntos en el Collón Curá («máscara de piedra») en un precioso valle. La formaban cuatro grandes toldos para el cacique y sus familias, los corrales para la numerosa hacienda de yeguarizos, vacunos y sobre todo lanares. El conjunto animado y pintoresco semejaba, con un poco de imaginación, una estancia fronteriza. Los toldos eran verdaderas viviendas estables. Armados al modo de los patagones, estaban construidos con palos más gruesos y fuertes, que les conferían mayor solidez. El toldo de Sayhueque era amplio y espacioso. Podia albergar cómodamente a cuarenta personas. Totalmente cerrado, salvo en un ángulo donde una piel hacía las veces de puerta. A lo largo del frente, se extendía una especie de corredor, hecho de ramas entrelazadas que formaban una agradable enramada. En el interior las camas se alzaban sobre tarimas de madera cubiertas de mantas y quillangos. Tres fogones daban calor y oficiaban de cocina en los banquetes. Su dueño era un hombre de cara redonda, cabeza regiamente fuerte, y tez más oscura que sus súbditos, posible herencia de su madre tehuelche. De temperamento jovial y de risa frecuente, aunque algo sardónica, sabía mantener su ascendiente y prestigio ante su propia gente y los visitantes con un cuidadoso y generoso trato. Como un intuitivo de las relaciones públicas, manejaba con gran habilidad y libertad dos elementos esenciales de la etiqueta araucana, el licor y la carne. Musters fue su huésped y nos ha dejado una crónica social del mundo manzanero muy interesante. Llegaron varios caballos cargados de aguardiente y «tan pronto como se descargaron las orzas y pellejos en el toldo de Cheoque (Sayhueque) se hizo circular la orden de entregar todas las armas, y con algún trabajo se recogieron casi todas, y se las depositó en lugar seguro. «Entonces se invitó a beber a los jefes, ceremoniosamente, y luego a todos los que fueron llegando, porque Cheoque proveía el aguardiente con la mayor liberalidad.» Después de la francachela, que para muchos fue solemne borrachera, se realizaron las transacciones comerciales. Los tehuelches entregaron cubiertas para toldos, muy apreciadas por los manzaneros, y recibieron de éstos, a cambio, caballos, adornos de plata, mandiles, tejidos y ponchos. Sayhueque, sagaz organizador de esta feria andina, regalaba el aguardiente porque, como muy bien apuntaba Musters, «si hubieran tenido que pagar el aguardiente que bebieron, se habrían vuelto con las manos vacías y malhumorados». Durante la estada de Musters se celebró un importante parlamento. Su objetivo era tratar una invitación de Calfucurá para invadir y saquear tierras de cristianos. Valentín Sayhueque, hijo de Chocorí, famoso cacique de la época de Rosas, tenía conciencia de su alta posición y poder. Rico en ganados, adornos de plata, ponchos y mantas que guardaba en un toldo especial, especie de tesorería, se consideraba superior a los demás caciques y jefe principal de la Patagonia. Ejercía su autoridad a lo largo de la cordillera austral, desde el sur de Mendoza hasta la vertiente austral del lago Nahuel Huapi y pretendía también extenderla sobre el territorio tehuelche de la Patagonia Septentrional hasta el mar. «Me decía un día -cuenta Moreno- que él no era gobernador porque a éste le nombraban los cristianos, ni General, porque tal nombramiento emanaba del Gobierno. Su título era ‘Gobierno de las manzanas’ porque era así como se titulaban sus antepasados, de quienes él había heredado su cacicazgo. Su padre le había encomendado al morir que jamás peleara contra los cristianos, porque las ropas en que lo envolvieron cuando nació eran cristianas, añadiendo que si no fuera por los cristianos andarían desnudos como antes...» En el parlamento aludido por Muster asistieron numerosos caciques, Casimiro y Mariano Linares, cacique al servicio del gobierno argentino, pariente de Sayhueque, que había venido expresamente desde Patagones para mantener la paz. Como era costumbre entre estos indígenas se pronunciaron largos y numerosos discursos. Casimiro y Linares abogaban por la no intervención, alegando que se perderían las provisiones de vacas y caballos del gobierno, más provechosas que el posible botin del saqueo. Finalmente el Señor de las Manzanas dio su veredicto. Calfucurá debía limitar sus hostilidades a Bahía Blanca, él protegía a Patagones y la orilla norte del río Negro y Casimiro haría lo mismo por el lado sur. Después del parlamento, Cheoque dio un gran banquete a todos los caciques reunidos y a sus hijos. En tres enormes fogatas encendidas dentro de su espacioso toldo se colocaron sobre trébedes grandes ollas de hierro que contenían carne de vaca, de carnero y de caballo. Los convidados se acomo-daron como pudieron, mientras que Cheoque se sentó ‘a caballo’ como dicen los españoles, en una silla en medio del toldo, vestido con una magníñca manta de piel de gato y blandiendo un ‘rebenque’ con el que castigaba de vez en cuando a algún perro intruso, y también a alguno de sus numerosos hijos, si llegaban a acercarse mucho ó a hacer demasiado ruido. «Era evidente que los muchachitos estaban acostumbrados a eso, porque demostraban gran agilidad para esquivar el golpe, ó una indiferencia no menor cuando la recibían. Las tres esposas del cacique presidían junto á las fogatas, y en el primer servicio se hicieron circular platos de madera cargados con grandes trozos de carne y la correspondiente ración de gordura. El convidado debía consumir todo lo que había en el plato, y, cuando éste quedaba libre se lo llevaban para lavarlo y volvían a llenarlo para otro. El segundo servicio consistió en manzanas y piñones, fruta que se servía natural o cosida, según los gustos, y la etiqueta imponía estrictamente que el convidado comiera o se guardara en el bolsillo todo lo que se le servía. Después de las viandas se hizo circular agua, única bebida que se ofreció fuera de una botella particular, con cuyo contenido el cacique obsequió a dos o tres de sus huéspedes más distinguidos. Deben haber sido por lo menos treinta los que estuvieron allí a un tiempo; sin embargo, espacio no faltaba y las provisiones eran abundantes. Y después se atendió a otra serie de huéspedes de menor distinción y en verdad, todos los tehuelches, así como los araucanos y los picunches, fueron mantenidos durante su permanencia por el cacique.» Terminado el banquete de despedida, Sayhueque repartió regalos de caballos entre los tehuelches, en cambio de los obsequios que había recibido. A Musters le regaló una lanza de su propiedad, de unos quince a dieciocho pies de largo, muy liviana, hecha de caña de coligüe. El 11 de abril continuan la marcha vadeando el Limay por el mismo lugar anterior. Musters relató su viaje en páginas de un valor testimonial insuperable donde uno no sabe qué admirar más, si el oportuno dato o el valor y la reciedumbre para soportar las penurias que debió de padecer el relator. Como elocuente dato ilustrativo, de los veintiseis tehuelches de armas llevar que partieron, sólo seis sobrevivieron a la larga travesía. El mismo Musters poco sobrevivió a su hazaña. Pocos años después, falleció en Inglaterra, minado su organismo por las penurias pasadas en la desolada Patagonia. Links relacionados: |
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Francisco P. Moreno, primer blanco que llegó al lago desde el Atlántico Cuando Francisco P. Moreno emprendió su histórico viaje al Nahuel Huapi tenía sólo veintitrés años. Consiguió interesar y obtuvo la cooperación de la Sociedad Científica Argentina y del gobierno de la provincia de Buenos Aires. Partió de Buenos Aires en septiembre de 1875. Su propósito era alcanzar el lago Nahuel Huapi, al cual todavía no había llegado ningún hombre blanco, viniendo desde el Atlántico y desde alli seguir a Chile. En esa época el ferrocarril llegaba a Las Flores y desde este punto se seguía por la mensajería al Azul, Bahía Blanca hasta Patagones, a través de tierras casi desiertas y expuestas al ataque indígena. Con un presidiario, Manuel Silva, como asistente, cuatro indios y treinta yeguas se dirige hacia el oeste bordeando el río Negro y luego el Limay. Al llegar al Collón Curá era necesario obtener la autorizaci6n del cacique Sayhueque, el señor de las Manzana-geyú (la región de las manzanas) quien dominaba los pasos a Chile. Los consejeros del cacique, Loncochino y Valdés, lo convencen del peligro que entrañaba para el Gobierno de las Manzanas que los argentinos conocieran los pasos fronterizos, cuando Argentina y Chile proyectaban avanzar sus fronteras sobre los territorios dominados por los indios. En el llano de Quen-quen-treu, a orillas del Collón Curá, tuvo lugar el aucatrahum (junta de guerra). Tomaron parte unos quinientos indios de lanza, quienes dirigidos por sus capitanes hicieron peligrosos ejercicios que demostraban la indiferencia que tenían por la vida. Allí estaban los principales caciques, Ñancucheo, Naquipichuin, Yankakirque, y Molfinqueupu (pedernal sangriento), cacique de gran predicamento, a cuyo hijo, Chauiman, veremos actuar al producirse el cautiverio de Moreno en el segundo viaje al lago Nahuel Huapi. Ante estos caciques debió el joven viajero explicar el objeto de su visita. Durante diez horas estuvo sin bajarse del caballo, acosado por la sed y sin dejarse vencer por la fatiga, respondiendo a las preguntas astutas de los capitanes. |
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Segundo viaje de Moreno. Prisión y fuga. Tres años tuvo que refrenar Moreno su impaciencia por volver a ver el maravilloso lago sureño. A comienzos de 1879, el Gobierno le encomienda la exploración de la costa patagónica para ubicar territorios aptos para colonizar. Se lo proveyó de un barco inadecuado, el Vigilante, de cien toneladas, más conveniente para la navegación fluvial que marítima. Mientras el Vigilante recorre la costa, Moreno con Francisco Bovio, dos marineros, el entrerriano José Melgarejo y el belga Antonio Van Titter, y dos indios, aprovecha para dirigirse hacia la cordillera que lo atraía como imán irresistible. Salen de Viedma el 11 de noviembre y comienzan a costear el río Negro. En este trayecto se incorporan como guías el mestizo Hernández y el indio Gavino. Se apartan del río con rumbo SO y por Valcheta y Maquinchau llegan a Tecka, en Chubut, donde son recibidos por los caciques amigos Inacayal y Foyel. Con alegría Moreno ve flamear la bandera argentina en la toldería. Esta bandera se la había regalado a Utrac, hijo de Inacayal, que se había alojado en su casa cuando estuvo en Buenos Aires. El 8 de enero abandona la toldería acompañado por Utrac rumbo al gran lago. En este viaje, Moreno descubre que la división de las aguas en algunas regiones de la Patagonia no coincide con las altas cumbres, hecho nuevo en la geografía andina y desconocido hasta entonces. Estas observaciones fueron de gran valor para la defensa de nuestro patrimonio territorial en el pleito fronterizo con Chile, cuando le tocó actuar como perito argentino. En Esquel los abandona Bovio, por enfermedad, y en Cholila se salva Moreno milagrosamente de un intento de homicidio mediante veneno disimulado entre frutillas con leche. Hernández que ingirió la mayor cantidad de tóxico murió un mes después. En esta localidad recibe una carta de Sayhueque, escrita por Loncochino, llena de protestas de amistad e inocencia -se refería a unos indios mapuches que habían asaltado y asesinado a unos troperos, hecho que Moreno denuncia al general Villegas- e invitándolo a su toldería en Caleufu. El 23 de enero descubre el lago que bautizó Gutiérrez.21 Mientras acampaba junto a un añoso ciprés, que hasta hace poco se conservaba en una de las calles de San Carlos de Bariloche y que Moreno llamaba «el Venerable del Lago», es sorprendido por una partida de indios encabezados por Loncochino, un valdiviano que oficiaba de amanuense y secretario de Sayhueque y que era portador de una invitación, que más se asemejaba a una intimidación, de presentarse a la brevedad en la toldería de Caleufu. Chuaiman, hijo del cacique Molfinquepu, con sus lanceros debía asegurar el perentorio cumplimiento de la curiosa invitación. Sin municiones no podía defenderse de los setenta y cinco hombres que capitaneaba su apresor. Este, hermano del jefe de los agresores detenidos por Conrado Villegas, lo escoltaría hasta la toldería para que desde allí intercediera por los prisioneros. Inmediatamente comprendió Moreno que aunque el Gobierno accediera a su pedido no recobraría su libertad pues era un rehén demasiado valioso. El único camino que le quedaba era la fuga. Antes que nada había que salvar la otra parte de la expedición. Con la tentación de aumentar el número de prisioneros, Loncochino, «el mestizo valdiviano más taimado y traidor que haya cruzado los Andes», le permitió que despachara tres hombres con una carta a Bovio donde le ordenaba incorporársele en Caleufu, pero con un recado verbal de no moverse y estar alerta para escapar en el momento oportuno. Moreno se quedó con los más fieles, Melgarejo, Van Titter, Utrac y Gavino. Durante el trayecto un pensamiento obsesionaba al joven prisionero: cómo fugarse con todos sus compañeros. Por medio de Utrac, sin que éste lo supiera, podría avisar a Bovio el momento oportuno para alejarse al río Negro. Pero él y los demás, ¿qué harían? Conocía muy bien el camino terrestre hasta el río Negro, pero era imposible salvar la cien leguas eludiendo la persecución de los indios. Quedaba la ruta de Chile, más corta, pero no tenía la menor indicación sobre ella. Después de dos días de marcha llegaron al Limay. Ese era el camino. ¡El agua no conserva los rastros! «Allí estaba el vehículo de salvación: la balsa de ramas sobre la que los indios colocan los recados y que hacen cruzar nadando, agarrados por sus costado, balsa que me serviría de modelo para la que había ideado lanzar en el Collón-Curá.» Como parte de su plan Moreno comienza a fingir que se siente débil y enfermo. Advirtió a sus asistentes que contaran a los indios, que era flojo para el agua y sentía fuertes dolores en las piernas para que le permitieran pasar el río sobre la balsa y no metido en el agua tomado de los palos. Petición que fue aceptada con muestras de hilaridad por la flojera del blanco. Los viajeros debieron detenerse en una pequeña loma vecina al campamento indígena. Las hogueras encendidas en las cumbres ya habían anunciado la llegada, y los alaridos que se oían indicaban que los guerreros comenzaban a reunirse. Mientras esperaban el aviso de «acercarse», Moreno aprovechó una distracción de sus captores para esconder entre las piedras dos cajas de sardinas, una de paté de foie, el barómetro y otros instrumentos. A medida que se acercaban menudeaban los insultos de los integrantes de otras partidas que los habían buscado inúltimente, lo que aumentaba su odio y la envidia hacia Chuaiman. «Delante de los toldos, otros que los habían adelantado, reponían sus fuerzas bebiendo sangre fresca y caliente de algunas yeguas recién degolladas, las que aún se estremecían al arrojar borbotones rojos en lo inundados platos de madera, colocados bajo el cuello.» El momento crítico se presentó cuando Moreno, solo, debió entrar en el toldo donde lo esperaba Sayhueque. Por el apasionante relato que sobre este capítulo de su vida nos dejó Moreno, conocemos los detalles de esta dramática entrevista. «Levanté el cuero que cubría la entrada del gran toldo. Sayhueque estaba recostado en los almohadones del colchón de pieles, que le servía de trono y cama delante de los «establos» de sus cinco mujeres. Sorprendido levantóse el cacique, y estiró la mano, la que no tomé. «Amigo compadre. No dando la mano derecha?» -me dijo. «No, compadre.» -Había resuelto definir mi posición en esta entrevista y principiaba mostrando que el ‘blanco zorro’ no ceja delante del indio ladino. «La fiera sonrisa de su cara de león altivo expresó viva contrariedad que se tradujo en un grito destemplado» ‘Loncochino’. «Este, que probablemente espiaba, entró al instante y detrás de él todos los caciques y capitanejos que se habían ocupado, con más o menos éxito, en mi persecución. Allí venía el valiente ‘Cóndor del Este’ (Pullmanque); Molfinqueupu y el feroz Chacayal, mi antiguo enemigo. Fueron ocupando cada uno el sitio que según su valimiento tenían en el Consejo, y poco a poco llenóse el toldo con un centenar de guerreros, que venían a escuchar las ‘razones’ del prisionero. «Este, no puede decirse hoy que estaba del todo tranquilo en aquel momento; esos hombres medios desnudos, pintarrajeados la cara y el pecho, con largas melenas erizadas de plumas de halcón, moviéndose nerviosamente, respirando sangre, colgadas del cinto las hondas y boleadoras, y que hacían hoyitos en la tierra con sus largos facones, eran en gran parte, parientes de los prisioneros del río Negro.» Para demostrar serenidad y que no temían los gestos de sus arrogantes huéspedes, Moreno pide que se respete la etiqueta araucana y que antes de exponer sus razones se le dé de comer. Fia, la esposa de Sayhueque, mujer de buenos sentimientos y que siempre protegía a los cristianos, le trajo el acostumbrado y repelente plato de hígado crudo de yegua espolvoreado con sal y ají. El señor del lugar dictó finalmente la sentencia. Debía escribir al Gobierno pidiendo la libertad de los indios prisioneros. Hasta tanto se recibiera la respuesta Moreno permanecería en Caleufu como rehén. Sin pérdida de tiempo el cautivo comenzó a planificar metódicamente la fuga. Debía actuar con suma cautela para no despertar las sopechas de sus desconfiados captores. La primera dificultad a vencer era ponerse en comunicación con Bovio. Consigue con paciencia convencer a Utrac de que Bovio podía ayudar a inducir a Villegas de que soltara a los indios presos. Así consigue que se mande un indio amigo con una carta escondida. En ésta, escrita en francés, le contaba a su compañero lo que pasaba y le daba quince días para alejarse. La fingida enfermedad comenzó a rendir sus frutos. Viviendo en un toldo todo intento de evasión era imposible. Invocando diversos malestares consigue autorización para alojarse solo con sus compañeros en una carpa levantada en estratégico lugar en el límite de la toldería. Escritas las cartas, el futuro perito convence a Loncochino que los chasquis no llegarían a destino si no llevan un salvoconducto.¿Quién mejor para este delicado encargo que Antonio Van Titter? Así fue como consiguió despachar al belga, con una carta escrita en francés y disimulada en el cuello de su despedazada chaquetilla, donde le ordenaba detener al chasqui y no liberar a los prisioneros. Los días transcurrían en una continua angustia al sentirse expuestos a ser asesinados por los indios embriagados o alentados por sus hechiceros. A la zozobra se agregaba la penuria del hambre que, cuando podía, mitigaba la bondadosa Fia llevándoles algunas tripas. En otra oportunidad la necesidad los obligó a disputar a los perros la grasa que chorreaba de los asados. El poncho que Moreno usaba frecuentemente no llamaba la atención de los indios ya que todos lo suponían enfermo. Lo que no sopechaban era que le servía para disimular el revólver, un Smith & Wesson que colgaba a su espalda, y las latas de comida que transportaba hasta la orilla del río. Finalmente la noche del 11 de febrero toman la gran decisión. Siguiendo el Camino de la Leña de los indios, recogen palos que unidos con lazos robados les permiten construir una rudimentaria balsa en la cual, semihundida por el peso de sus ocupantes, se lanzan río abajo en las turbulentas aguas del Collón Curá y luego en las del Limay. Por temor a los indios navegan de noche y esconden la balsa durante el día, expuestos constantemente a destrozarse entre las rocas o vararse en lo bajos, lo que los obligaba a remolcar la balsa. Como estaban descalzos sufrían horriblemente. Deciden entonces navegar de día. Las fuerzas disminuían por momentos. Agotadas las pocas provisiones, las raíces de junco eran sólo un consuelo. Mojados constantemente porque no podían encender fuego por temor a delatar su presencia, la fiebre no tardó en aparecer. Ya muy próximo a la confluencia con el Neuquén donde esperaban hallar auxilio, tienen que abandonar la balsa. Estaban tan exhaustos que ni fuerzas tenían para manejarla. Deciden seguir a pie. Con el último aliento trepan una altura desde la cual divisan a la lejanía una polvareda. Podían ser indios o cristianos. Decidido a jugar su última carta Moreno sacó la bandera argentina, que siempre llevó consigo, la hizo enarbolar en un palo y disparo 14 tiros. Con indecible alegría divisaron una partida de veteranos listos para el combate que echaron pie en la orilla opuesta. Uno entró al agua y gritó: «¿Quién vive?» «Moreno, escapado de los toldos», fue la respuesta. El bravo teniente, luego capitán Crouzeilles, que ofrendó su vida en Lonquimay, recibió a Moreno en sus brazos. Con estas palabras termina el relato autobiográfico de este palpitante trozo de nuestra historia: «Esa misma tarde debía quedar abandonado el fortín, pues las fuerzas tenían orden de replegarse a Choele-Choel, y, de llegar horas después, hubiéramos perecido |
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Capítulo
IV |
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Sayhueque gobernador de las manzanas De los caciques principales que todavía quedaban al sur de esta línea nos interesa especialmente Sayhueque, jefe de los manzaneros, que por su ubicación en las proximidades del Caleufu y el Collón Cura, extendía su autoridad hasta el lago Nahuel Huapi. Este cacique tuvo habitualmente una actitud pacífica y contemporizadora para con los cristianos. Ya lo hemos visto desechar una invitación de Calfucurá para saquear los establecimientos de Patagones. Siempre se consideró argen-tino y mantuvo con entereza esta actitud, aunque no faltaron incitaciones, de ultracordillera, para que sirviera a los intereses chilenos. Por estas razones y por la nobleza de su carácter, Estanislao Zeballos aconsejaba tratarlo en forma distinta que a los demás caciques. Proponía convertirlo en aliado garantizándole la posesión de las tierras que ocupaba, suministrándole útiles de labranza y centralizando la responsabilidad del mando de los indios andinos en sus manos. Al iniciarse la ocupación de la línea militar del río Negro, Sayhueque solicitó en julio de 1879 al teniente coronel Uriburu mantenerse en paz y, en consecuencia, Julio A. Roca lo nombró gobernador de Las Manzanas, por ser el único cacique que he creído merezca ser considerado por su conducta siempre fiel y la buena comportación de su tribu que no ha figurado en malones. Posteriormente las indiadas del flamante gobernador no mantuvieron lo pactado e infiltrándose en la línea militar hicieron malones y sorpresas a troperos que conducían ganado o subsistencias, por lo cual fue necesario someterlos por la fuerza. El 12 de octubre de 1880 asume la primera magistratura el general Roca, quien nombra al general Benjamín Victorica su ministro de Guerra y Marina. Los indios que se habían salvado de las batidas de las tropas nacionales vagaban por los valles cordilleranos y, acuciados por la necesidad de procurarse medios para su subsistencia, no titubearon en incursionar en las tierras ganadas y, aún más, asaltar fortines. El más lamentable fue el asalto al fortín Guanacos (19 de enero de 1881), donde trescientos indios moluches (araucanos) armados de winchester sorprendieron a la guarnición y le ocasionaron muchas bajas. Otras veces sorprendían tropas que conducían ganado y vitualla para los fortines o poblaciones, como lo hicieron los indios de Sayhueque que asesinaron al personal para no dejar rastros y evitar represalias.
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Expedición al gran lago Nahuel Huapi (1881) La división del Río Negro y Neuquén recibió orden, del ministro Victorica, de batir los indios comprendidos entre los ríos Neuquén, Limay y la Cordillera de los Andes. Esta expedición se conoció como «Expedición al gran lago Nahuel Huapi» y tuvo lugar entre el 15 de marzo y junio de 1881. Para conducirla se eligió al general Conrado E. Villegas. Nadie estaba más capacitado que este militar para dirigir esta campaña, que se preveía ardua y penosa, por lo abrupto y desconocido del terreno a recorrer. Villegas poseía las condiciones de mando, valor y experiencia para afrontar con decisión los mil imprevistos que se presentarían en lugares desérticos y tan alejados de las bases de aprovisionamiento. Toda su carrera militar estaba llena de actos de arrojo y las cicatrices de las heridas recibidas demostraban en su cuerpo, como en un mapa viviente, los jalones de los múltiples combates en que había intervenido. Nació en la República Oriental del Uruguay en 1840. A los veintidós años sentó plaza en el regimiento de artillería de Buenos Aires. Le tocó intervenir en las acciones más sangrientas de la guerra del Paraguay, en la campaña de Entre Ríos contra López Jordán. En la batalla de Quebracho fue gravemente herido en la cabeza. Participa en la batalla de La Verde contra fuerzas mitristas. Destinado a la frontera sur estuvo a punto de ser tomado prisionero. Como jefe del acantonamiento de Trenque Lauquen realiza dos incursiones contra el cacique Pincén. El valor de Villegas en cargas y entreveros alcanzó ribetes de leyenda. Los indios, que lo temían y respetaban, le dieron el apodo de «muy toro», epíteto que reservaban para los hombres muy corajudos. Al pacificar Jujuy es nuevamente herido en 1879. Ese mismo año, acompañando a Roca, en la expedición al Desierto, funda el pueblo de Avellaneda, hoy Choele-Choel. La División de los Andes se componía de tres brigadas, con asiento la 1a. en el fuerte Cuarta División (Chos Malal), la 2a. en el fuerte General Roca y la 3a. en Choele-Choel. En el plan que se propuso Villegas, correspondía a la la. brigada costear la falda oriental de los Andes, a la 2a. costear el Limay por su margen norte buscando las tolderías de Reuque Curá y Sayhueque y la 3a. brigada, por la travesía de Valcheta, converger al lago Nahuel Huapi, punto de reunión de todas las brigadas. Este movimiento de pinzas tenía como objetivo batir a los indios en todas las direcciones y con la 1a. brigada cerrarles los pasos cordilleranos y con la 3a. impedir su huida hacia los territorios al sur del Limay. Villegas salió a fines de diciembre de Buenos Aires y se trasladó a los acantonamientos de la 2a. y 3a. brigadas. Y como no encontró satisfactorio el estado del vestuario y manuntención, la partida se demoró hasta el día 15 de marzo de 1881. La 1a. brigada, mandada por el coronel Rufino Ortega, partió el 15 de marzo de Uñorquin, once leguas al sur del fuerte Cuarta División. Contaba con seis jefes, dieciseis oficiales y cuatrocientos setenta y cuatro de tropa. Esperaban encontrar, en las vecindades del Aluminé al cacique Sayhueque con unas ciento setenta a doscientas lanzas y a Reuque Curá con unas doscientas sobre el río Pulmary, afluente del Aluminé. Pero cuando llegan allí solo encuentran algunos toldos recientemente abandonados. Parece que la fuga fue precipitada pues hallan abundancia de manzanas y piñones, fruta esta que constituye el principal alimento de estos indios y que estaban cosechando en ese momento, con el objeto de acopiarla para el invierno. El 4 de abril llegan a la costa norte del Limay y al día siguiente a la ribera del lago sin haber hallado ningún cacique ni indiada de importancia. La mayoría de los indios, avisados del avance, habían cruzado la cordillera. En Lonquimay, Huntué y nacientes del Bío Bío hallaron refugio los caciques Reuque Curá, Namuncurá, Albarito Rumay, Leupu, Zuñiga y Udalman. Libró algunos combates, uno de ellos con un centenar de indios mandados por Tacoman, hijo de Sayhueque. |